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Federico Luppi se reencuentra con Norma Leandro

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Federico Luppi regresa a las pantallas con la película cuestión de principios (estreno el 25 de febrero), del director argentino rodrigo grande, donde además comparte cartel con la actriz norma leandro. Una película llena de matices muy sutiles y toques de humor que abren en el espectador un conflicto sobre hasta qué punto son tan importantes esos “principios morales”


Federico Luppi regresa a las pantallas con la película cuestión de principios (estreno el 25 de febrero), del director argentino rodrigo grande, donde además comparte cartel con la actriz norma leandro. Una película llena de matices muy sutiles y toques de humor que abren en el espectador un conflicto sobre hasta qué punto son tan importantes esos “principios morales”

El próximo 23 de febrero cumplirá 75 años. Una edad que tan sólo por eso ya respira admiración y respeto. Pero además Federico Luppi es de los que cuando hablan se hace el silencio, y son muy pocos los que osan levantar la voz en su contra. Ante su trayectoria profesional nadie pone una coma, y con sus declaraciones, todo el mundo afirma.

Mantiene la elegancia del que casi se ha ganado el título de Señor: vestido con chaqueta marrón, pañuelo granate al cuello, guantes de piel,  sombrero y un abrigo largo hasta los pies, que contrasta con su porte alto ceñido, estilizado por el paso del tiempo, y su pelo blanco, marca de la casa. Ha llegado para presentar su nueva película, Cuestión de principios (estreno el 25 de febrero), del director Rodrigo Grande y donde se reparte el protagonismo y la maestría con otra gran actriz del cine argentino, Norma Leandro.

La película narra el dilema de Adalberto Castilla, antiguo empleado a punto de jubilarse, que posee el número de una vieja revista que Silva, su nuevo y joven jefe (Pablo Echárri), necesita para completar su preciada colección. Silva quiere comprársela. Sin embargo, Castilla querrá darle una lección y demostrarle que no todo en la vida tiene un precio. Su obsesivo jefe le hará tentadoras ofertas que pondrán en conflicto a Castilla con toda su familia.

La cinta más allá del toque cómico que ameniza muy bien la historia, abre en el espectador un conflicto sobre hasta qué punto los principios de cada uno deben llevarse o no hasta el final. Y Luppi sentencia: “Están en el protagonista, pero más que una profunda convicción ética o moral, lo que de verdad le lleva a rechazar el cheque es la presencia de los otros, del ‘qué dirán’. Es el perfecto ejemplo de esa clase media que conozco tan bien, porque vengo de allí: gente con pretextos para quedarse quieta”.

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Para Luppi hay una frase que la define muy bien: “Tener más que ser. Más que la condición intrínseca del ser humano, con sus virtudes y defectos, implica que lo importante es tener, dónde veranear, el último modelo de teléfono, qué colegio vamos y la ropa que usamos… son parámetros comunes a toda la clase media del mundo. Son los que quieren ser Ana Botín y no pueden, pero tampoco les gustaría vivir en Vallecas. Bajar no lo aceptarían y subir les cuesta. Y, por ello, están siempre añorando los valores de los que tienen más. Algo muy desgastante porque siempre te terminas atando a los sustitutos, a los subrogantes, no un Rolex real, pero sí a un Rolex fabricado en China. Esa convicción del ser les resulta muy ajeno”.

Sí, la gente le escucha, sabe muy bien lo qué decir y cómo. Pero a la pregunta de si el propio Federico Luppi vendería la revista, hace una pausa, reflexiona y mide bien sus palabras: “Seguramente, el Federico posible hubiera tenido menos escrúpulos, porque no habría partido de los prejuicios del propio Castilla”.

Buena respuesta. Y como buen crítico, aunque quizás algo decepcionado con la realidad política, sobre todo de su país, cuando se le cuestiona por Argentina y la reciente muerte de Néstor Kirchner, un hilo de optimismo resuena. Para él, “su labor como presidente fue realmente notable, no por una enorme cintura política, sino porque tuvo capacidad de decisión, por primera vez en décadas, yo ya envejeciendo, vi a una persona que decía ‘A’ y hacía ‘A’. Comenzó a hablar de cosas, no sólo frases, sino que tenían que ver con el deseo ferviente de hacer un cambio. Y me hizo pensar que éste era posible. No digo una revolución ni mucho menos, pero sí un transformación más armónica, más equilibrada, menos caníbal y egoísta, menos perversa y más adulta. Y eso, a mí me hace feliz”.



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