Ha sido vendedor de seguros, bailarín, boxeador callejero, guionista de televisión, actor y hasta Viceministro de Cultura de su país, Ecuador. Ahora, como poeta, acaba de lanzar en Madrid su más reciente libro, que lo posiciona como una de las voces más sonoras de Latinoamérica.
Lleva el mismo nombre de uno de los grandes autores de la literatura universal, Édgar Allan Poe, y en su caso es una buena referencia para quien no le conozca. Poeta, ensayista, narrador, traductor y biógrafo, nació en Guayaquil, Ecuador, en 1959. Sin embargo, fue la ciudad de Esmeraldas la que le vio crecer y desarrollar una multiplicidad de talentos que desempeñaría años más tarde: bailarín, boxeador, maestro, masajista, actor, vendedor de seguros y, en 1996, viceministro de Cultura de su país. Pero es la escritura (y, sobre todo, la poesía) la que ha marcado su vida. “Fue lo que me quedó de haber nacido en una familia de locos maravillosos”, confiesa.
De hecho, uno de los puntos de inflexión de su carrera es 1991, año en que publicó su primer poemario, titulado Sobre los ijares de Rocinante, el cual le ayudó a despuntar como una voz potente y novedosa en su país y en Latinoamérica. Luego han seguido Cannabis (1997) y otras 22 publicaciones que le han hecho merecedor, entre otros galardones, de la Primera Mención Pablo Neruda del II Concurso Internacional de la Fundación de Poetas argentinos en 1999.
Ahora ha lanzado en Madrid su más reciente trabajo, El fantasma de Platón, un puñado de poemas que plantean una reflexión de la sociedad actual a la luz de los postulados del antiguo filósofo griego. “Es un libro que tiene de todo: magia, teatro, citas bíblicas, experiencias personales... Pero lo que más me interesaba era el ‘Mito de la caverna’, pues es una buena metáfora para hablar del mundo y de la escritura”, agrega.
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