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El desafío de educar a diez céntimos el minuto

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Orientarles desde la distancia es un proceso complejo y doloroso, pero posible. Las familias ya no tienen por qué compartir el mismo techo. Educar a los niños desde el locutorio es una alternativa con mucho valor sentimental, aunque por ella haya que pagar un precio.

Da igual que sean tan diminutas. En las cabinas de los locutorios caben miles de kilómetros, un océano y todos los sentimientos. Esto lo saben bien las madres que las usan para comunicarse con los hijos que han quedado al cuidado de otros en su país de origen. Cada vez más, las mujeres emprenden el camino de la migración sin su descendencia, con el firme propósito de construir en la distancia un mejor porvenir para su familia. El precio a pagar es no ver crecer a los suyos. Sólo oírlos. Criarlos teléfono en mano, a pocos céntimos el minuto.


La ecuatoriana Narcisa Pozo, de 33 años, cuya imagen antecede a estas páginas, es una de estas madres. En broma, se define como una “viciosa del locutorio”. Acude a él casi todos los días para hablar con Cristina (14 años) y Daniel (12 años), los niños cuyos retratos contempla.


Entre ambas fotografías median seis años y una tragedia superada. Al poco de estar en Madrid a su hijo le detectaron una leucemia. “Me quedé vacía por dentro, me costaba hasta respirar”, recuerda emocionada. No regresó a Ecuador porque no tenía papeles y porque el tratamiento de su hijo costaba 100 dólares diarios. “Sólamente con el sueldo de mi esposo no hubiéramos podido pagarlo. Si volvía era para verlo morir. Decidimos luchar por su recuperación así que me quedé, derrumbada por completo, pero trabajando sin parar”.
Si a Narcisa le tocó afrontar desde lejos una grave enfermedad, otras mamás deben, mediante el teléfono o Internet, ayudar a hacer los deberes, lidiar con las malas notas, combatir la tristeza de los menores o encauzar la rebeldía de la adolescencia. Para orientarlas en este proceso -complejo pero posible- se ha escrito el libro Educar desde el locutorio, que fue presentado el pasado febrero en Casa de América en Madrid.
Su autora, la pedagoga argentina Nora Rodríguez, calcula que, anualmente, al menos dos millones de mujeres, a las que describe como “valientes”, cambian de país separándose de sus hijos. Al hacerlo -destaca- no deben perder “el orgullo” de ser madres. Más bien son las pioneras de un “nuevo tipo de familia” que llama “de techo abierto”. Aunque no exista un espacio compartido, el vínculo afectivo entre ellas y sus hijos puede ser fértil y sólido. “Es verdad que no pueden tocarse, pero siguen estando juntos gracias a la tecnología”.

¿CUÁNTO VALE UN MINUTO DE AMOR?.

En 2006, las llamadas internacionales desde el teléfono fijo residencial sumaron 872 millones de minutos, un 10% más que el año anterior, según los datos de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones (CMT).
Aunque fundamentales para todos los inmigrantes, para los padres sin su prole las conexiones telefónicas son, sencillamente, vitales. Los encargados de un locutorio en el Centro de Madrid lo ratifican: ”Los fines de semana tenemos más clientes, pero las mamás vienen a diario, no pueden esperar mucho sin comunicarse con su tierra”.
El director en España de la compañía Orbitel, Santiago Londoño, reveló en el acto de Casa de América, donde la empresa regaló llamadas a los asistentes, que el Día de la Madre es el de más tráfico de minutos de todo el año, por encima, incluso, de las fechas navideñas.  
La ecuatoriana Mónica Vaca, que intervino en la presentación de Educar desde el locutorio y está a punto de reagrupar a sus hijas, cree necesario revelarse contra la frustración de criar a los menores de esta forma: “Es cierto que inquieta educar desde un sitio donde se tarifican las palabras en minutos. Pero para nuestros niños esto tiene un valor más que un precio: Permite superar un océano de separación”.  

HERIDA ABIERTA.- Aunque hechas de acero, capaces de soportar intensas jornadas laborales y de sobrevivir, como explican muchas, “con el cuerpo aquí y la mente allá”, estas mujeres (con el doble rol de proveedoras y educadoras) tienen un pesar incurable. La separación les pasa factura.


Daniela es búlgara y ha dejado hace un año a sus dos adolescentes al cuidado de los abuelos. A los tres minutos de hablar con ella para que relate su experiencia, se echa a llorar. También lo hace Lidia, boliviana, cuando recuerda el tiempo que estuvo separada de sus seis hijos y de su marido. Los tiene a todos ya en España, pero la herida no termina de sanar. “A una no le queda más remedio que ponerse a vivir con el dolor, aprender a llevarlo encima. Los niños están todo el tiempo en tu cabeza. A lo mejor estás viendo una telenovela y se van de tu mente un momento, pero luego vuelven, vuelven, vuelven. Terminas cansándote de tanto llorar”, se desahoga Narcisa.


La culpa, mala consejera, arraiga bien en este terreno entristecido. Para quitarse el peso del remordimiento, muchas mujeres evitan regañar a sus hijos -aunque haya motivos- cuando les llaman o les colman de regalos para compensar, de alguna forma, su ausencia. “Es difícil decirles que no cuando quieren algo; da pena”, reconoce Narcisa.


Dos celulares de 200 euros cada uno fueron a parar a sus hijos. “Se los di, pero a cambio negocié otras cosas, como que aprendieran a administrar la plata sin gastársela toda en caprichos o que no pidieran más cosas hasta Navidad. Mi familia me recomienda que les enseñe a valorar el dinero”, admite esta ecuatoriana que compagina varios trabajos a tiempo parcial. Su marido, con ella en Madrid, tiene dos empleos.

HUÉRFANOS CON PADRES.- Para las madres, establecer una buena relación con los parientes cuidadores es imprescindible. Si la “red de afectos”, como la llama Rodríguez, es estable, los hijos llevarán mejor el alejamiento. Aunque vivan con el padre, es frecuente que alguna mujer de la familia se ocupe también de ellos, generalmente la abuela.


Para la psicóloga Claudia Medina, que adelanta un estudio cualitativo sobre las consecuencias de estas separaciones en las poblaciones colombianas de Dos Quebradas, Pereira y La Virginia, las cuidadoras en origen son “las grandes olvidadas” de este proceso.  “Su nuevo rol, y el agotamiento que éste les produce, ha desarrollado en algunas problemas de salud (migrañas, desórdenes gastrointestinales). Además, por un lado se sienten obligadas a colaborar, pero tienen la sensación de que el proyecto migratorio de sus hijas se ha extendido demasiado”, refiere.


La situación irregular de la madre inmigrante, la carencia de recursos para viajar, o la demora en los procesos de regularización pueden dilatar el reencuentro familiar. Medina ha visto cómo los niños sin las figuras parentales, que en Pereira llevan el doloroso mote de “hijos huérfanos de padres vivos”,  van poco a poco “resignándose” a la ausencia. “Aunque las madres envíen fotos y haya comunicación, el contacto físico se va perdiendo. No hay que olvidar que los niños manejan el tiempo de una forma distinta a los adultos”.
Sin ir más lejos, Narcisa recuerda que, tras cuatro años de separación, el rencuentro con sus hijos en el aeropuerto fue “mortal”. “No sabían cómo expresarse. Me abrazaban, sí, pero como si yo fuera una tía, no como se abraza a una madre. Les costó mucho soltarse, pero luego se peleaban para dormir conmigo”, relata.

FUERZA INTERIOR.- El dolor, en cualquier caso, desarrolla cualidades insospechadas. En la mayoría de las 130 mujeres con quienes conversó para escribir su libro, Nora Rodríguez detectó una autoestima inédita o vigorizada: “Sacan tantos recursos y los exprimen de tal manera que encuentran dentro de ellas a una mujer valiente, creativa, potente y llena de habilidades”.


Narcisa le da la razón. “Por supuesto que me he hecho más fuerte, más firme y más fría. Si tengo que tomar una decisión o reclamar algo, lo hago. Antes era más sumisa pero he aprendido a no callarme”, recalca.
Para Rodríguez, el día que las mujeres descubran su fortaleza interior entenderán que se puede ser “tan buena madre en la cercanía como en la distancia”. Y las cabinas de los locutorios presenciarán este hallazgo.



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