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Latifa Baali, la lucha por la dignidad

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Latifa Baali. La lucha por la dignidad.- Tenía 23 años cuando llegó a Madrid desde Fez, con muy poco dinero en el bolsillo, pero con unas ganas tremendas de conocer mundo. Trabajó como empleada doméstica, sin Seguridad Social, y en condiciones precarias. Los denunció y ganó. Ahora ayuda en distintas asociaciones para que los inmigrantes tengan un futuro mejor

Emprendedora
EmprendedoraLatifa Baali es una marroquí que lucha por la reivindicación de las trabajadoras domésticas.
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La ventana está cerrada. Desde fuera, parece vieja y corroída por el implacable paso del tiempo. El minúsculo balcón que la rodea apenas le deja respirar y las persianas, que algún día la cubrieron, se han convertido prácticamente en una losa de piedra que pesa sobre su cabeza. Pero la ventana se abre. Y aunque al principio el aire que se respira es algo pesado, poco a poco, la luz deja entrever el interior. No tiene nada que ver con el aspecto que se podía intuir. Es blanco, espacioso y lleno de una energía y de una luminosidad especial. Dentro, la oruga se ha transformado en una preciosa mariposa.

Ya desde bien pequeña, mientras jugaba con su amiga por las mágicas calles de Fez (en Marruecos), Latifa Baalin soñaba con viajar y dar la vuelta al mundo. Quería ir a Europa, descubrir África y luego saltar a América, para pasear por los excitantes Estados Unidos. Pero la realidad que vivía era bien distinta. Siendo la mayor de cinco hermanos, de una familia humilde, no pudo seguir estudiando. Llegó hasta secundaria, y se tuvo que poner a trabajar como secretaria ganando apenas 100 euros al mes. Tenía un novio, que tampoco quería estar con ella, ni casarse. Sólo pensaba en irse a Francia,  tener papeles y dinero, "y tú no tienes nada", le decía. "Quizás no tenga nada, pero sí dignidad, soy una persona", le argumentaba ella.

Y así pasaba el tiempo, hasta que un amigo le ofreció la posibilidad de irse a España. Tardó apenas una semana en decidirlo y otra en prepararse para el viaje. Salió un buen día de casa, con la maleta en la mano, sin decir prácticamente adiós y dispuesta a empezar a vivir su vida. Tenía 23 años y unas ganas enormes de conocer mundo.

 

 

 

Contra todo pronóstico, todo fue bien. En la frontera, pasó sin problemas. Nadie le pidió nada. Así que ya en Ceuta, telefoneó a una de las dos primas que vivía en Madrid, y le comunicó, para gran sorpresa de ésta, que estaba en España. Desde ahí mismo, cogió un autobús y en menos de doce horas lo había conseguido. Era un 31 de octubre de 2006. No tenía miedo. Por fin, estaba dónde quería, "por fin estaba en Europa".

Lo primero que hizo fue llamar a su madre. Tenía que tranquilizarla y explicarle su nueva situación ya que se fue sin despedirse. "Hija has sido muy valiente, me siento muy orgullosa, porque has hecho algo muy positivo", le contestó al conocer la historia. Latifa sonríe cuando recuerda estas palabras. Levanta la mirada y se ajusta de nuevo las gafas. Ella lo sabe, fue muy valiente, una mujer sola, joven, sin dinero, en busca de un sueño que muchos suelen dejan escapar. Ella no. Fue a por él. Era su vida. Era su momento.

En Madrid, no todo fue un camino de rosas. Tras pasarse un año estudiando español, sin papeles, nadie le ofrecía un trabajo. "A las mujeres marroquíes no nos quieren ni limpiando casas", cuenta. Tras mucho buscar, entró como interna en una familia de Toledo. "Era un chalet de tres plantas. Tenía que limpiar, cuidar a tres niños y cinco perros, mantener la piscina, cocinar, planchar, hacer la compra... En una ocasión me despertaron a las tres de la madrugada para que fuera a buscar una bufanda que se habían dejado en el coche", asegura. A pesar de todo esto, y de que encima le pagaban mal y tarde, aguantó, porque no tenía muchas más oportunidades y debía mandar dinero a su familia, como muchas de las mujeres que se dedican al empleo doméstico. Pero un día, después de haberse pasado toda la semana limpiando, sin apenas descansar, estaba agotada, les reclamó su dinero, y ellos la despidieron. Sin decir nada más.

 

Latifa toma aire. Sus ojos están ahora más brillantes que nunca. "Tengo una salud delicada, ¿sabes? Padezco unas terribles migrañas que me dejan totalmente paralizada. Como ves, tengo un lado de la cara torcido, y la tensión muy baja. Cuando era un bebé tuve una enfermedad que me marcó el resto de mi vida", recuerda. Al pronunciar estas palabras se emociona, su voz se vuelve más débil y sus movimientos más lentos. Es como una figura de cristal a punto de romperse. Sin embargo, de alguna manera, hay algo dentro de ella que le hace sobreponerse en los peores momentos y seguir luchando por sus derechos y por su dignidad. Cuando la despidieron en Toledo, e incluso cuando la amenazaron con denunciarla por robo, ella lejos de amedrentarse, decidió llevarlos a juicio. Y ganó.

Esta última aventura no la hizo sola. La Asociación Servicio Doméstico Activo (SEDOAC) la acompañó en todo momento, la escuchó desde el primer día, creyó en ella y, por eso, ahora intenta devolvérselo. Trabaja activamente en ella, participa de las reuniones y acude a las manifestaciones para reclamar unos derechos más dignos, como la del pasado 28 de marzo. Pero tampoco se contenta con eso, quiere seguir dando pasos. También ayuda en el Centro de San Lorenzo de Lavapiés, donde conoció al que hoy es su marido, en la asociación Sin Papeles y Ferrocarril Clandestino, y en el Centro Casino de la Reina. Todos ellos en Madrid. "Intento devolver todo el cariño que me han dado. Yo no estoy sola, tengo muchos amigos que me quieren y me cuidan, y eso es lo importante", asegura mientras bebe un poco de té de menta.

Después de ganar el juicio, logró un trabajo como externa donde estuvo casi dos años. Pero seguía sin papeles, no podía caminar sola por las calles después de las diez de la noche por miedo a que la detuvieran. "En una ocasión, mientras estaba hablando con mi madre en un locutorio, entró la Policía, se metió dentro de la cabina, y me pidió la documentación. Yo no la tenía, claro", cuenta. La llevaron a comisaría y pasó 24 horas sola en el cárcel. Pero seguía sin tener miedo porque tenía fe en sí misma. Salió con una orden de expulsión bajo el brazo que debía cumplirse en un plazo de seis meses. Por suerte, la asociación volvió a ayudarla y consiguió revocarla.

Ahora, las cosas parecen haberse normalizado. Lleva ya casi cuatro años viviendo en Madrid, adora Lavapiés, conoce gente de todas partes del mundo, de hecho no paran de saludarla por la calle, se ha casado, ha viajado todo cuanto ha podido, sola o con su marido, y además tiene papeles. "Estoy más tranquila, y mis migrañas han mejorado un poquito. El único problema que tengo en estos momentos es que llevo cinco meses sin trabajo, y estoy empezando a agobiarme porque debo mandar dinero a mis padres. No sale nada, ni como empleada de hogar... Pero en mi país decimos hamdollah, que es algo así como ‘sino tienes una cosa, tienes otra, y debes estar agradecido por ello’", dice mientras una sonrisa se le dibuja en la cara. Se ha abierto la ventana, el sol entra en la casa y la mariposa ha volado.

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