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Lamin Jarjne, por la libertad de expresión

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Era periodista en Gambia, pero el Gobierno empezó a restringir gravemente el trabajo a la prensa. Sintió miedo y, tras ver como otros compañeros habían desaparecido, tomó la decisión de salir del país. Se convirtió en inmigrante y tuvo que luchar duro para volver a empezar y ser feliz de nuevo.Era periodista en Gambia, Lamin Jarjne.Por la Libertad de Expresión

Era periodista en Gambia, pero el Gobierno empezó a restringir gravemente el trabajo a la prensa. Sintió miedo y, tras ver como otros compañeros habían desaparecido, tomó la decisión de salir del país. Se convirtió en inmigrante y tuvo que luchar duro para volver a empezar y ser feliz de nuevo.

 

 

 

Se ha usado tanto el término inmigración que de tanto hablar ya casi ha perdido su significado. Tan sólo las historias reales que alguna vez salen a la luz pueden devolverle su verdadera esencia. Y este es el caso de Lamin Jarjne, de 28 años, un hombre que tuvo que huir de su país por decir lo que pensaba.


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ActivoTiene 28 años, pero como él mismo dice, es como si tuviera dos veces 28.
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Todo empezó el día que supo que quería ser periodista. Tenía 17 años y la ilusión aún intacta de un adolescente que sueña con comerse el mundo, sin saber que todas las acciones tienen sus consecuencias. "Leía en los periódicos las noticias cotidianas, pero para mí faltaban huecos por rellenar. Echaba de menos las historias de los campesinos, de los hombres que viven en los rincones de Gambia y que a nadie le importan. Quería cubrir lo que nunca se publicaba", asegura con un brillo en los ojos. Lamin es hijo de una familia humilde en un pequeño pueblo de Gambia, el tercero de siete hermanos. Tuvo la suerte de acudir a la escuela y poder decidir lo que quería ser, algo que, por ejemplo, sus padres no hicieron. Más tarde, logró entrar a trabajar en uno de los mejores periódicos del país, donde se formó a base de estar a la calle. Hasta que después de un par de años, y gracias a una beca de la Unesco, se convirtió en uno de los primeros gambianos en cursar la carrera de Periodismo, a través de un programa de la Universidad de Pensilvania. Hasta este momento, todo iba sobre ruedas. Le encantaba su trabajo, viajaba de un lado a otro, era periodista, pero aún no era consciente de que la libertad de expresión, en su país, tenía un precio.

Ocurrió el 16 de diciembre de 2004. Tras el asesinato de un periodista gambiano muy crítico con el Gobierno de Yahya Jammeh, acusado de restringir la libertad de prensa y de promulgar leyes muy restrictivas en esta materia. La voz de Lamin entonces se vuelve más dura y la mirada más penetrante: "Era el aniversario del diario donde trabajaba, cumplían 10 años. A la salida de la fiesta, en la calle, lo mataron. Iba con otras dos chicas, que resultaron heridas. A día de hoy, seguimos sin saber quién fue, en un país con un millón y medio de habitantes".

Las cosas se torcieron. La semana siguiente se preparó una huelga general en todos los medios privados, las páginas se imprimían, pero salían en negro. Para los que trabajaban en este sector la situación empezó a ser insostenible, muchos estaban recibiendo amenazas. Y el miedo se apoderó de Lamin. Algunos compañeros suyos empezaron a desaparecer. Sintió que podía ser el siguiente, así que tomó la decisión de salir del país.

Tuvo que irse andando, rodeando la frontera, para conseguir llegar a Dakar (Senegal). Allí, logró, gracias a algún contacto, un visado para Francia. Sus padres y hermanos le compraron el billete a Marsella, era el 20 de noviembre de 2005.
Desde entonces, se convirtió en un inmigrante. Y como todos, sufre el ser extranjero en otro país. Entró en España y pidió los papeles, que le han tardado más de tres años. Mientras, ha trabajado duro para aprender castellano y catalán. Se formó como electricista y  desde hace un tiempo tiene un empleo fijo: "Mi futuro es seguir trabajando, estudiando y algún día volver a Gambia, cuando la situación mejore. Ahora soy catalán, tengo muchos amigos y estoy estabilizado".

Pero la vida de Lamin no se queda ahí. Intenta ayudar como puede. Trabaja en ACNUR dando charlas de sensibilización para romper las barreras entre los africanos y los catalanes: "Tenemos culturas muy diferentes y para nosotros, por ejemplo, la policía no está bien vista, nos da miedo. Y eso en España es muy diferente". Además, cuando puede, también echa una mano en la Asociación Mujeres Antimutilación (AMAM), donde luchan para erradicarla tanto en África como en España, donde también es una realidad.

Sin embargo, a pesar de haber logrado ser uno más en por las calles de este país, hay algo en Lamin que aún le preocupa. Tiene 28 años, pero como él mismo dice, es como si tuviera dos veces 28. A pesar de su madurez y de su entereza, no consigue quitarse el miedo de encima. De hecho, éste no es su verdadero nombre. Tiene que seguir ocultándose. Tampoco da muchos más datos por si le vienen a buscar. Sigue sintiendo el dolor amargo de haber tenido que huir de su propia casa. Sin embargo, un sueño aún le ronda: volver a Gambia, y decir lo que piensa, sin tener que mirar atrás por si alguien le está observando.  

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