En su taller, él es el jefe y atiende a todo tipo de clientes, aunque la mayoría son españoles.
Lleva 12 años viviendo en Madrid. Vino, al igual que muchos otros ecuatorianos, aprovechando el boom económico de España en la década de los 90. En un hostal, cerca de la Estación de Atocha, pasó sus primeros días, los más solitarios. No conocía a nadie, contaba con unos pocos euros en la cartera y la incertidumbre era su compañía.
Su sonrisa es la mejor herramienta de servicio al cliente. Siempre se le ve alegre y dispuesto a llevar su negocio hacia adelante. Cuando entra en el local alguna persona, deja los quehaceres del arreglo de las motocicletas, y sale pronto a atenderlo. Pese a la crisis, éste es uno de los mejores momentos en la vida del ecuatoriano Manuel Macas, para quien la decisión de emigrar abrió nuevas puertas en su vida, pero también cerró otras. Las experiencias, buenas y malas, no han hecho que pierda su forma amable de tratar a los demás.
Era 1998 cuando abordó el avión que lo trajo a España. En el aeropuerto dejó, entre lágrimas, a tres niños de nueve, siete y seis años. La ilusión de darles a ellos un mejor futuro fue lo que lo impulsó a emigrar. "Era un época en la que muchos paisanos venían. En Ecuador se hablaba de que aquí había mucho trabajo y la ventaja era que no pedían ‘visa’ para entrar como en Estados Unidos", recuerda. Para costearse el viaje, vendió un negocio y un taxi. En Barajas no lo esperaba nadie, no tenía ningún conocido en Madrid. Estaba realmente solo por primera vez en toda su vida. En un hostal, cerca de la Estación de Atocha, pasó sus primeros días en donde, por las noches, después de la búsqueda infructuosa de un trabajo podía llorar y desahogarse. Cuando le quedaban pocos euros en la cartera tuvo que buscar otro sitio para dormir. Mediante una seña dada por un conocido, desde Ecuador, llegó a una vivienda en la que había 30 personas. Hoy, a un lugar como ese se le llama piso patera, pero en aquel momento era la única opción que tenía Manuel. "Tenías que hacer fila para todo, para bañarte, para lavar la ropa y para usar la cocina. En el salón, por las noches, había hasta 20 colchones en el suelo donde dormían las personas, todos extranjeros, como yo. Recuerdo que cuando llegué me hicieron sentarme en una mesita, intenté saludar a algunas de las personas que estaban ahí, pero me contestaron de muy mala manera", cuenta.
Dim lights
Así transcurrieron cerca de dos años, en los que Manuel iba, de un sitio a otro, sólo con una maleta y un bolso, sus únicas pertenencias en ese momento. La mayoría del dinero que ganaba en la construcción lo enviaba a su país. De esa época tiene un recuerdo poco placentero: cuando ayudó a un compatriota a entrar al sitio donde trabaja. Esa persona logró que lo despidieran y hacerse con su puesto. Sin embargo, su futuro no era ese. Una vez regularizado, buscó empleo en lo que realmente era su vocación: las motocicletas. En la década de 1980, fue corredor de motocross ganando premios en su natal Santo Domingo, Guayaquil y Quito. A falta de contactos profesionales en Madrid, Manuel hizo lo lógico: tocar puertas. Pese a lo que habitualmente se puede pensar encontró trabajo rápido. En el primer sitio donde hizo una prueba lo contrataron. "No fue difícil porque aquí, en vez de sobrar mecánicos, faltan", comenta. Sus conocimientos hicieron que se ganara la confianza de sus jefes y empezó a ascender.
Pese a que su situación económica mejoró, la distancia hizo que su primer matrimonio llegara al final. "Tal como les ha sucedido a muchas otras personas más que han emigrado", enfatiza. Pero al tiempo, el amor volvió a tocar a su puerta. Con su nueva compañera, también ecuatoriana, logró romper el ciclo de compartir pisos sobre poblados. Alcorcón fue el lugar elegido para alquilar una casa sólo para ellos. "Al estar con mi esposa todo fue más fácil, ya no estaba solo, contaba con alguien", cuenta. Habían trascurrido cinco años, desde su llegada a España, y tenía una idea que no dejaba de rondar su cabeza: montar un negocio propio. Parar hacerlo buscó asesoría y con la financiación de Aval Madrid consiguió abrir, en 2007, Moto Servicio Nova (c/ Doctor Vallejo, 22). Con esta empresa ha podido alcanzar algunos de sus sueños pendientes: tiene un piso propio y se ha construido una vivienda en su país. "He traído a mis hijos de Ecuador. Primero llegó el mayor, Jairo que ahora tiene 21 años y es militar español desplazado en Afganistán. Al tiempo llegaron Wilson, de 19, que es muy bueno en la mecánica y Vladimir, de 18, que está terminando el bachillerato. Hace poco nació Kevin, de dos años. Son sólo varones", dice orgulloso.
Manuel ahora piensa en el retorno, no porque su situación sea mala, sino porque a sus 44 años quiere aprovechar su experiencia como empresario y abrir un taller de motocicletas en su pueblo. Además siente que ha cumplido su ciclo en España y confía en que con lo aprendido puede crecer profesionalmente. También piensa que la realidad ecuatoriana no es la misma que hace una década: "Me gusta lo que ha pasado, creo que el país ha cambiado para mejor y quiero estar allá, lo extraño". Él no llegará con las manos vacías, se llevará todo el equipo que ha comprado y la experiencia adquirida en su empresa y en los talleres españoles.
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