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Ana Granowsky, volver a empezar

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La vida de Ana Granowsky no es solo una entre seis millones. Su historia es una excepción entre miles. A sus 57 años, esta argentina es una de las pocas personas en el mundo que ha logrado sobreponerse a la rotura de un aneurisma cerebral

Las probabilidades de sobrevivir eran escasas. Las de recobrar sus facultades y recuperar su vida, casi nulas. Sin embargo, ahí está: viva y llena de proyectos, agradecida por haber tenido una “segunda oportunidad” e ilusionada porque, a pesar de los pronósticos, la adversidad y las dudas, ha sido capaz de salir adelante y rediseñar su día a día... con éxito.

ana2Para quienes la conocen personalmente y la quieren, su historia es una muestra de lucha y tesón; un ejemplo de que sí es posible reinventarse a uno mismo más allá de los contratiempos más duros. Para la estadística y la medicina, su vida es una excepción, una especie de “milagro moderno” que desafía hasta las previsiones más optimistas.

Argentina de nacimiento, odontóloga de profesión y residente en el País Vasco desde hace casi 30 años, Ana Granowski es una de las pocas personas en el mundo que han sobrevivido a la rotura de un aneurisma cerebral, que han recobrado sus facultades cognitivas y motoras y que, tras una larga convalecencia, han podido recuperar su vida. Y contarlo.

“Incluso a mí me cuesta creer que sea cierto -dice-. Me resulta difícil pensar que alguna vez estuve tan deteriorada... He salido de un coma y he pasado de ser como un vegetal, sin ánimos ni esperanzas, a sentirme como una persona: independiente, autosuficiente y perfectamente capacitada para mantener esta conversación contigo”. Una charla que tiene lugar en su restaurante de Leioa, el segundo que ha abierto junto a su marido y su hijo.

“Empezamos con Caminito en Santurtzi, coincidiendo con el comienzo de mi recuperación. Y el año pasado, a pesar de la crisis, decidimos montar otro aquí. Habrá quien piense que lo más sensato es apretarse el cinturón, pero, en lugar de replegarnos, optamos por expandirnos. El que no arriesga, no gana”, sostiene Ana mientras recorre todo el recinto.

De un día para otro, su cotidianidad se deshizo. El aneurisma cerebral truncó sus planes y fue un punto de inflexión para ella y su familia.

“El tamaño de este lugar nos permite ampliar también nuestros objetivos -prosigue-. Además de servir comida típica de mi país y los clásicos menús del día, queremos promover otras iniciativas, como espectáculos para niños y adultos, en castellano y euskera, ferias del libro bilingües o conciertos de música vasca, argentina y de otros países... Queremos que Caminito sea una apuesta cultural”.

La claridad de sus proyectos es tal que, al escucharla hablar, da la impresión de que sus metas vienen de lejos, como si hubiera soñado con ellas durante toda la vida. Pero lo cierto es que no. Su vinculación al mundo empresarial, cultural y gastronómico es reciente: lleva en él menos de un lustro. Antes de sufrir el accidente cerebrovascular, su vida era otra y su trabajo, también. “Trabajaba dentista”, detalla, y añade que fue la primera odontóloga extranjera que se colegió en la privincia de Vizcaya.

ana“Tardé mucho en completar los trámites, pero lo conseguí, y en 1984 empecé a trabajar en lo mío”. ¿Y antes de eso? “Durante tres años estuve en el mercadillo con mi hermano y mi marido -responde-; hasta que me permitieron ejercer mi profesión. En cuanto empecé como odontóloga, la gente me recibió muy bien, tanto que a los quince días de abrir la consulta tuve que contratar a una enfermera porque no podía atender yo sola a todos los pacientes que tenía”.

“La verdad, fueron más de veinte años de trabajo que hicieron sentirme orgullosa como profesional, como persona y como mujer. Aquí en Euskadi pude realizarme y hacer lo que no hubiera podido lograr en Argentina”, reconoce Ana, aunque sigue viajando allí con frecuencia para visitar a su madre. “Mientras ella viva allí, yo estaré ligada a mi tierra”, dice, y agrega que su madre siempre ha sido un ejemplo de vida para ella: “Ojalá hubiera más mujeres así, independientes y con fuerza, que no necesitaban a nadie para salir adelante”.

Lo dice como al pasar, quizá sin advertir que su propia historia es todo un ejemplo de perseverancia y superación. De un día para otro, su cotidianidad se deshizo. El aneurisma cerebral truncó sus planes y fue un punto de inflexión para ella y su familia. “Ocurrió hace siete años y sobreponerme me llevó más de tres”, resume Ana, que recuerda perfectamente el momento en que pasó: “Me estaba duchando, sentí un dolor muy fuerte en la cabeza, y lo supe. Supe lo que me ocurría”.

“De mí decían que, como mucho, podría contar los céntimos para ir a comprar el pan. Parecía imposible que pudiera resurgir pero, mírame, aquí estoy”

A partir de allí, todo fue cuesta arriba: “La atención en el Hospital de Cruces fue muy buena, pero debo decir que yo no habría podido lograrlo sin la presencia de mi marido. Los médicos no le daban esperanzas de que yo pudiera reponerme como ser humano y le explicaban cómo adaptar la casa para una silla de ruedas en lugar de enseñarle qué alternativas de fisioterapia había”.

“Lo cierto es que él movió cielo y tierra para ayudarme. Me llevó a hacer equitación para minusválidos en Mungia, contrató los servicios de logopedas, neurólogos, psicólogos y fisioterapeutas, me acompañó en cada etapa y estuvo conmigo cuando aprendí nuevamente a leer y escribir. Si algo puedo decirle a otras personas es que no se den por vencidas. De mí decían que, como mucho, podría contar los céntimos para comprar el pan. Parecía imposible que pudiera resurgir, pero, mírame, aquí estoy”, señala orgullosa.



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