La vida de Karla Zelaya, quien llegó a ser la mano derecha de la primera dama de su país, Honduras, fue una hasta el día en que apareció la enfermedad de su hijo menor. Le tuvo que pagar un costoso tratamiento y perdiendo prácticamente todo. Renunciando a muchas comodidades, llegó a España con la ilusión de abrirse un nuevo camino. Hoy, tres años después, sabe que su futuro está en este lado del Atlántico.
A Karla Zelaya le acaban de dar la mejor noticia en tres años: han aprobado su solicitud de residencia y podrá quedarse legalmente en España. Pero el motivo no son los papeles, sino lo que significan: un ciclo se ha cerrado. El sueño entre la vida que dejó en su natal Honduras y la de ahora es una realidad. Y con un ingrediente adicional: es feliz.
Nació en Tegucigalpa hace 38 años. Heredó de su madre el carácter fuerte y la determinación típica de la mujer latinoamericana. Y de su padre, un coronel retirado, el gusto por la autoridad bien ejercida. Fue representante estudiantil en cuanto colegio estuvo, y a los 16 años ya sabía que quería ser agente de la policía: “Era mi gran sueño. Me gustaban los uniformes, las voces de mando y, sobre todo, el servicio que podía prestarle a los demás. Lo tenía muy claro”.
No tardó en ingresar a la ANAPO (Academia Nacional de Policía). Cuando apenas llevaba nueve días de estar trabajando allí, la condecoraron como mejor secretaria. Sus superiores se dieron cuenta de que estaba para mejores cosas, y fue el comienzo de una exitosa carrera que duraría quince años. Peldaño tras peldaño, con el tiempo se incorporó al cuerpo de inteligencia de la INTERPOL en Honduras y llegó a viajar por casi toda Latinoamérica y Europa. Su labor, como en los años de la representación estudiantil, fue la de llevar un mensaje y ponerlo al servicio de los otros: participó en charlas y conferencias sobre el respeto y los temas de seguridad en colegios, organizaciones y otros cuerpos policiales. Ascendida más tarde a otro cargo en Tegucigalpa, lideró los servicios sociales de la policía con la población infantil y llegó a ser la mano derecha de ministros del gobierno. En ese mismo periodo la nombraron asesora de la primera dama del país, Xiomara Zelaya. “Desde niña he tenido una intuición especial. No es que adivine el futuro, ni nada por el estilo. Pero sé que hay cosas que son inevitables. Creo que es por eso que las personas que están a mi lado siempre me entregan su confianza”, apunta.
Mientras esto sucedía se casó y tuvo dos hijos. Adicionalmente, se aventuró con similares resultados en el campo empresarial: llegó a ser dueña de un restaurante, una ferretería y un local de venta de ordenadores y equipos de oficina. “Siempre he sido una mujer emprendedora. Me gustan el orden y la disciplina. Parte de mi éxito en los negocios se deber a que soy ahorradora y no me gusta gastar el dinero en lo que no necesito.”
Pero Karla nunca imaginó que esos ahorros serían justamente los que le ayudaron a cubrir los gastos del tratamiento de su hijo menor, cuyos problemas de corazón se agudizaron cuando cumplió los ocho años. Tuvo que llevarlo a Houston, (Texas, EEUU), y costearle una operación en la que invirtió todo lo que tenía. “Quedé limpia -recuerda-. Pero afortunadamente pude salvar la vida de mi hijo”.
Y entonces, cuando las deudas más la aquejaban, se le abrió otra puerta: España. La policía hondureña le dio una plaza para venir a estudiar un seminario organizado por la Guardia Civil sobre el control y tráfico de drogas. No se lo pensó dos veces. Incluso, perseverante como siempre, fue más allá: acabados los estudios y con la licencia del trabajo a punto de caducar, decidió quedarse y buscarse la vida.
Fue en el año 2007, cuando la crisis económica ya estaba a la vuelta de la esquina. Con poco margen de acción dada su situación administrativa (no tenía permiso de residencia), optó por emplearse como asistenta en un chalé en Majadahonda. No fue un tránsito fácil. Más que nada, porque de la noche a la mañana tuvo que dedicarse a un oficio que nunca antes estuvo entre sus planes. Pero con los días aprendió a llevarlo: “En mi mente sólo estaban mis hijos y la idea de brindarles mejores cosas cada día, aunque fuese en la distancia. Además, no soy del tipo de persona que se deja caer tan fácilmente. Soy una luchadora”.
de signos en la Universidad Complutense. Era algo que había aprendido cuando estuvo en la policía, y quiso profesionalizarse en ello. Se apuntó. Y mientras repartía el tiempo entre el trabajo y los estudios, un amigo le habló de la opción de dictar un curso sobre el tema en el CEPI Hispano-Peruano. Respondió con un sí rotundo. “Si de tener un don se trata, creo que tengo el del servicio desinteresado. No me importan las retribuciones económicas. Todo lo hago sin esperar nada a cambio”, dice orgullosa sobre el que ha sido su proyecto personal en los últimos nueve meses.
Y ahora, papeles en mano y cerrado el difícil ciclo de empalme entre sus dos vidas, sabe que su futuro está de este lado del Atlántico junto a sus dos hijos. Incluso, tiene en mente algo que está a punto de concretarse: “Quiero trabajar para la Embajada de Honduras en España. Afortunadamente no he perdido el contacto con los que fueron mis superiores, y la idea es convertirme en un nexo entre la policía de aquí y la de allí. Mi intención es dar a mi país la visibilidad que se merece y ayudar a todos mis compatriotas en temas de acogida”.
Gracias











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