Vive rodeado de papeles. Los que se amontonan en su mesa del consulado de Ecuador en Madrid, con expedientes y expedientes de compatriotas que necesitan legalizar algún trámite; entre las libretas que transporta de un lado a otro llenas de minúsculas anotaciones por ambas caras a lápiz y bolígrafo; y, en su casa, donde el libro, el antiguo y el nuevo, sobre todo el primero, reina casi más que él y su mujer.
Gustavo Salazar, de apariencia tranquila y voz muy suave, está acostumbrado a entrecerrar los ojos para enfocar bien lo que pone y lo que escribe, porque en eso se basa su vida. En su trabajo, trata de ayudar, ser atento y cordial desde las directrices que le marcan los protocolos y resolver los problemas de los que vienen, siempre apuntando y escibiendo, a mano o en el ordenador. Y en su tiempo libre, lee y lee para encontrar entre líneas, entre papeles, entre infinidad de notas y cartas el hilo que le llevará de un autor a otro y que irá cerrando el círculo. Porque Gustavo es un investigador, de los que se escriben con mayúsculas, meticuloso y eficaz, paciente, que va en busca del pasado de grandes autores, de grandes hombres de su país, Ecuador, que han recalado en el olvido y que ahora más que nunca regresan para quedarse, al menos entre los fantasmas de su mente y de sus sueños.
Va desempolvando como un arqueólogo que pule las piezas, lentamente, quitándoles la arcilla pegada, y va dando forma a una vida que se ha ido quedando en los anales de la historia. “Me interesa muchísimo la literatura de finales del XIX y principios del XX. A Gómez de la Serna, Unamuno, Villaespesa... En mi país, dediqué 15 años a investigar este periodo. Escritores ecuatorianos como Benjamín Carrión, Gonzalo Zaldumbide o Pablo Palacio”, asegura con cierto brillo de nostalgia. Una pasión que logró convertir en un empleo al que entregar su tiempo y su alma. Trabajó en bibliotecas y archivos, escribió varios libros, algunos con más o menos dolores de cabeza, y pasó los años disfrutando de cada cosa que hacía, de cada detalle que encontraba como un niño que aprende día a día.
Sin embargo, en el transcurso de ese camino, en 1998, su mujer decidió dar un paso más allá de sus posibilidades. Se separó, se fue a vivir a Madrid y lo más importante, su hija iba con ella. Al poco, le dijo que le siguiera. Después de idas y venidas, le propusieron un proyecto entre ambos países, de unos tres meses, para investigar los vínculos culturales entre España y Ecuador entre 1830 y 1975. Por lo que se instaló, revisó y ojeó con gran disfrute fajos de documentos en el Ministerio de Exteriores de España que abarcaban casi cien años. Y, además, tuvo contacto con gente de la cancillería ecuatoriana, como el nieto de Benjamín Carrión, entonces embajador aquí, que le posibilitó más tarde, en 2002, empezar a trabajar en el Consulado.
“Me puse como meta y le dije a mi hija: ‘Me voy a quedar aquí hasta que cumplas 18 años, y entonces seré un hombre libre’”
Había dejado su país natal, su trabajo más querido y por el que lo daba todo, con tal de ver crecer a su hija: “Sabía que con los ingresos económicos de Ecuador, a menos que me metiera en algún proyecto grande, difícilmente podría haber venido a visitarla. Entonces, me puse como meta y le dije: ‘Me voy a quedar aquí hasta que cumplas 18 años, y entonces seré un hombre libre’”. Y Sofía ya va para 20 años.
En todo este tiempo ha visto pasar miles y miles de ecuatorianos. Ha podido ser testigo de todo el proceso migratorio de sus compatriotas. “En 2002, cuando empezó, era un momento muy complicado, había un flujo impresionante de gente, ya que entonces no había Visa, y sólo éramos ocho personas. Las necesidades eran tramitar las nacionalidades de los niños, pasaportes, la inscripción consular... En ese momento, estaba en información y era una locura. Luego, en 2005, nos trasladamos a un espacio más amplio, donde estamos ahora, que facilitó mucho las cosas -asegura-. El consulado ha ido creciendo y dinamizando otras áreas: tenemos una de vulnerabilidad (casos de violencia de género, detenidos...), el tema de los CIES, revisión exhaustiva de salvoconductos, etc. Para mí, ha sido, en general, un empleo placentero, porque a lo largo de mi vida profesional nunca he trabajado con público, siempre con fichas, papeles y aquí he tenido una experiencia muy enriquecedora”.
Gustavo se plantea ahora volver. Ya ha cumplido su promesa, su hija es mayor de edad, tiene la capacidad para decidir sobre ella y su futuro. Se siente liberado para poder reemprender sus pasiones: “El despertarme me maravilla, o una sonrisa o pensar en mi hija, o en el amor. Eso me alegra... la vida. Con todo esto, buenos amigos míos habrían optimizado más mi vida en España. Yo tomo exactamente lo que necesito”.
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