Estoy hablando con un amigo. Es el Amigo A. Estamos tomando cañas y comiendo patatas bravas. Me cuenta que lleva una semana saliendo con alguien. "¡Oh qué suerte!", le digo yo, "esa primera parte es muy divertida".
A continuación amigo A articula una expresión de ternura pronunciando el arco de sus cejas. "Es que cuando se lleva tantos años como vosotros, la cosa ya debe ser muy diferente. Eso debe ser más que nada una amistad".
Siento que el calor me sube por el cuerpo y no, no es precisamente por la salsa de las bravas. Pienso en mi Amigo B, en mi pareja, vaya. Es muy amigo mío. Pero él es mucho más; es mi ayuda para cargar con las bolsas del supermercado, por ejemplo.
(Por si alguien se ha perdido, esto último de las bolsas era una ironía.)
Como decía, mi Amigo B es muy amigo mío. Pero la palabra amigo se queda muy corta. Si le quisiera sólo como a un amigo estaríamos perdidos. De hecho, ahora mismo estaría contándole a mi Amigo A, empapada en lágrimas y cervezas, lo triste que estoy porque lo hemos dejado.
Amigos y amigos. Amigos A, Amigos B, Amigos C, Amigos D…con mayúsculas y con todas las letras.
Gracias










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