Si bien he nacido en la pobreza, me estaba haciendo un escritor burgués, más cercano a la felicidad y la alegría. Por suerte en España es donde aprendo a ser poeta no por haber editado en dicho país mis primeros textos, sino por reencontrarme con la verdadera definición de la poesía: la miseria, más cercana a la tristeza y la desgracias. Ya sé que mi vida no será sino una oscilación permanente entre estos extremos.
La miseria es nuestra mejor compañía aunque muy a menudo nos engañe dando la impresión de que somos felices, alegres. No hay nada que vaya sin miseria. Es cuestión de forma y de grado. El rico tiene su miseria, el religioso tiene su miseria, pues, claro que el pobre por definición rima con miseria. La filosofía de distinguir pobreza de miseria no vale la pena porque en todo hay miseria: sea en lo humano o en lo no humano. Tiene varias formas. Puede estar en un ordenador, en un teléfono cualquiera que sea. Puede seguirte en el baño. Te sigue en el trabajo, en la cama, en los medios de transporte. De hecho, puedes estar al borde de unos carriles, te desmayas y un tren te lleva por delante. Con mucha suerte –otra palabra llena de miseria- te quedas con dos piernas amputadas y un brazo roto. En la cama, puedes estar totalmente en las nubes, esperando el orgasmo de tu vida y de repente aparece un chantaje –muchas veces encubierta o insinuada- de la pareja: “Cariño, necesito un coche nuevo, ¿me lo vas a comprar?”. El sí consciente o inconsciente se convierte en una deuda. Es bien sabido que lo prometido es deuda y uno se sumerge en una de las miserables cadenas de la miseria. Y decir no, implica quedarte sin culminar el coito. Como se ve, el punto culminante de la felicidad, del gozo en la cara, va pegada en la cruz de otro punto culminante de la miseria.
Nos han dicho a veces sobre todo me refiero a las religiones reveladas que nos trajeron sendos profetas, desde luego todos hijos de Dios, como yo, -no vale ninguna distinción miserable- que cuando estemos en el más allá habrá un juicio. Igual sigo a la espera de la sentencia del juicio final de los habitantes del universo de antes de la creación de la tierra, igual sigo esperando en vano como cualquier otro que me esté leyendo, la resurrección de todos los muertos. ¿No es un milagro la resurrección entonces? Y ¿por qué tanto debate de si uno ha resucitado antes que los demás o no? Lo más importante de una carrera es llegar al final. De todos modos, no puedo entender que ahora nos digan que no nos burlemos de la miseria ajena, que ayudemos al otro con caridad y solidariedad (la palabra solidaridad no es española, sino francesa –ha sido una miseria académica-) y que se diga que allí tendremos en el paraíso mujeres muy lindas, árboles de sombras doradas, incluso el mejor vino etc. y que aquí abajo no disfrutemos de lo mismo. Y que en el mismo momento, me burle de la miseria de los que estén en el infierno, que no les tengamos ni solidariedad, ni caridad, ni nada. ¿De qué habrán servido las enseñanzas anteriores de la vida pre-mortem, si la post-mortem va a ser sin piedad? Además, cuando se escribieron o revelaron los textos religiosos y otros no revelados que se redactaron con diversos nombres después no había ni coche, ni electricidad, ni aviones. ¿Qué me dice que mi paraíso no es haber tenido el privilegio de viajar de un continente a otro? De todas formas, a partir del momento en que uno no está solo incluso en el paraíso –dijo Sartre que el infierno son los otros-, pues la miseria me persigue más que cuando estoy solo.
A lo mejor, Jesús al llegar a Asia –algo que los cristianos no suelen mencionar- descubrió cosas bonitas que prometió a su vuelta como paraíso a sus fieles o Mahoma en sus conquistas al descubrir que era mejor tener cuatro mujeres que tres aunque una puede ser suficiente – además la mujer es una de las máximas miserias-. Igual que Moisés en sus peregrinaciones veía cosas que al saber que si las presentaba como futuro mejor, tendría más seguidores y fieles. En eso, el tiempo es un buen verdugo para los peores miserables. En efecto, me acuerdo del caso de un gurú de Uganda quien prometió el fin del mundo para el año 2000.
Pero no hay tiempo que no llegue hasta el último tiempo –aunque más de una vez he dudado de la existencia del tiempo-. Pues al ver que llegaba efectivamente el año 2000, reunió a sus miserables fieles en una chabola llamada iglesia y les quemó a todos. Eso fue el infierno de ellos. No me van a decir que aquí hay paraíso. Pero el gurú, tomó las de Villadiego porque como padre de dicha teoría y sabiendo lo que implicaba, a última hora renunció a su propio paraíso. Y el mundo sigue. Como se ve, la miseria no tiene color, ni raza, ni continente, ni edad, ni nivel de cultura. En eso es como el amor. Pero éste puede ser o no ser. En cambio, la miseria siempre es. El amor hace que tengamos hijos a través del sexo. La mayor felicidad, va seguida de la peor miseria: pañales, medicinas, escolarización, transporte, alimentación etc. Pero los bebés no son tontos. Al nacer, saben lo que les esperan. Por eso, la tristeza es anterior a la alegría. Lloran a mandíbula batiente. No siempre se señalan milagros. Ver a un bebé reírse a carcajadas sería una contradicción de la miseria. Pero hasta ahora no tengo conocimiento de nacimiento que haya sido solo risas del recién nacido, sin previas lágrimas de dolor. El amor, la alegría con su séquito de sonrisas y risas solo aparecen después.
Hace unos meses escribí un texto que mandé a los medios y en marzo sobre todo es cuando la versión corregida y ampliada será publicada en guinguinbali.com en respuesta a alguien cuyas palabras eran más miseria que otra cosa. Decía: “Generalmente, los que viven a expensas de Europa son los más duros con occidente y no sé si es su única forma de beneficiarse de sus servicios sociales.” Hoy tengo parte de la respuesta y ya creo que solo es el principio del descubrimiento de la miseria de mis hermanos ya que no siempre dichos servicios riman ya con alegría, felicidad o dignidad, sino todo lo contrario además de con el derecho a la ignorancia y la escoba. Vivir la miseria no es lo mismo que observarla, la estoy viviendo en España y observándola en mi país desde España.
Aunque queremos a España, sigo esperando que España demuestre que me quiere. Aunque solo sea para cumplir con su palabra y aplicar el dicho de que “lo prometido es deuda”. España promete sin cumplir y cumplir con los requisitos de la salvación no es garantía de escapar a la miseria. Y a veces es fratricida esta falta de cumplimiento de la palabra, incluso entre descendientes de mis antepasados hechos esclavos, que ahora nos hunden en otra esclavitud mayor, siguiendo siendo ellos, otros esclavos de los tiempos modernos y teniendo la ilusión de ser civilizados. A veces me pregunto para qué sirve haber estudiado tanto, si es para que te teman o que solo piensen en que estés más cerca de la fregona que de la oficina, si el papel para escribir no lo hemos inventado nosotros. Pero lo podemos dominar mejor que ellos. Y se ponen celosos. Miseria de miserables.
Pero yo, mi política no puede ser en absoluto la perpetuación de la miseria. En consecuencia, hago la política de mis medios y busco los medios de mi política.
Gracias










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